Esta entrevista fue hecha a Adolfo Sánchez Vázquez por Teresa Rodríguez de Lecea.
P.- Quisiera, por favor, que nos narrara cómo fue su experiencia de exiliado. Cuáles fueron las circunstancias de su llegada a México y cómo se desarrolló su vida en ese país, cuáles fueron los principales episodios que usted destaca en su evolución intelectual ala retornar a la normalidad.
ASV.- Yo llegué a Veracruz el 13 de junio de 1939, en el Sinaia, con mi compañero Juan Rejano y el poeta Pedro Garfias. Llegamos al puerto de Veracruz y y allí tuvimos una acogida muy calurosa de los “jarochos”. Había cosas sorprendentes, pancartas: “Salud a los españoles republicanos”; y también aquella otra que decía “El Sindicato de tortilleras os saluda”. Nosotros no teníamos ni idea de lo que significaba eso en México; el significado que conocíamos era el de España.
Estuvimos en el puerto de Veracruz unos días Rejano y yo, en el mismo hotel; era el mes de julio y hacía un calor insoportable, sobre todo insoportable para nosotros. Además era época de lluvias, con ese modo de llover en el trópico, para nosotros completamente insospechado. Pero en fin, veníamos cargados de ilusiones, de esperanzas. Todo nos parecía extraordinario: el ambiente de Veracruz, que es muy alegre, que es lo que más se parece a lo español, sobre todo a lo andaluz; los jugos de fruta, los bailes callejeros, en fin, la gente que nos saludaba muy afectuosamente en la calle, los intelectuales locales que se acercaban a nosotros. Recuerdo que vino a vernos un día un poeta veracruzano desconocido y nos quiso leer a Rejano y a mi su poema. Y claro, “Si, como no”. Empieza a leer un poema que, más o menos, era toda la historia de la colonia, de la conquista y todo lo demás, en octavas reales. Y cuando había leído ya un buen número de octavas reales, le preguntamos: “Qué, ¿sigue todavía su inspiración dando fruto?”. “Si, me quedan todavía unas trescientas octavas reales”.
Bueno pues pasamos el tiempo así, hasta que llegó a los pocos días la posibilidad de venir a Méjico capital. Vinimos en un tren de esos que aparecen en las películas de la época de la Revolución, con los soldados, la vigilancia en el tren y demás. Una vez en el Distrito Federal, establecimos contactos con los organismos de ayuda. Nos daban un pequeño subsidio, unos cincuenta pesos de la época, que eran mucho más que ahora, pero también muy poco. Era el último año de gobierno del general Cárdenas, y había mucha inquietud, como pasa aquí siempre el último año del periodo sexenal. Sobre todo la derecha estaba furibunda contra Cárdenas.
P.- ¿Era motivo de conflicto el tema de los exiliados españoles?
ASV.- Ese era uno de los pretextos para atacar a Cárdenas. De manera que no todo era de rosas, no. En aquella época, había intelectuales que atacaban abiertamente a los exiliados, a los refugiados. Aunque hay que decir que la mayoría de los intelectuales eran gente de izquierdas, como en general ha sido siempre la intelectualidad mejicana hasta hoy, y estos estaban muy solícitos con nosotros. En fin, cada quien empezó a buscar, empezó a abrirse camino como pudo, con las ayudas que pudo encontrar. Hay que tener en cuenta que si el Méjico de hoy tiene problemas todavía de limitaciones y carencias, que entonces era mucho mayor. El medio intelectual era muy limitado, en la universidad no existían los profesores de carrera, los profesores de asignatura. Un hombre como Gaos, que ya venía con un nombre, con un prestigio, inmediatamente fue incorporado a la universidad, pero, desde el punto de vista de sus posibilidades de subsistencia, cobraba las horas que daba de clase, con lo cual era imposible subsistir. Daba por aquella época seis u ocho horas diarias de clase, como cualquiera: en la Preparatoria, en una universidad Femenina que había entonces, y donde podía. Si eso ocurría con Gaos, obviamente para la gente que estábamos en condiciones más desventajosas, era mucho más duro. Por lo que a mi toca, peor todavía, porque yo en realidad no había terminado mis estudios. Llegué a Méjico como estudiante, con lo cual, las posibilidades inmediatas de incorporarme a la enseñanza a nivel universitario, eran muy difíciles. De todas maneras, nos fuimos abriendo camino.
Poco después de llegar tuvimos la oportunidad de fundar la revista Romance, que la fundó sobre todo Juan Rejano. El conocía desde España al editor Rafael Jiménez Siles que había desempeñado un papel importante en aquella famosa Editorial Cénit de antes de la guerra. Este Siles contactó enseguida aquí con medios políticos influyentes y alguno económico; y traía ya en mente un proyecto, un plan editorial, que pudo poner en marcha.
En el comité de redacción original estábamos Antonio Sánchez Barbudo, el profesor que se fue hace mucho tiempo a Estados Unidos, estaba Herrera Petere, que ya murió, el poeta Lorenzo Varela, joven entonces, también Sorela. El diseño y la parte tipográfica corría a cargo de Miguel Prieto. La revista fue un hecho importante en la vida cultural de México, porque no existía un semanario cultural de ese tipo. Fue importante sobre todo desde el punto de vista de la innovación tipográfica, del diseño, y desde el primer momento la revista despertó un gran interés. Retrospectivamente yo lo considero un error, pero la Redacción estaba constituida exclusivamente por nosotros, jóvenes intelectuales españoles. Aunque existía un Consejo de Redacción muy amplio, donde estaban prácticamente todas las figuras más importantes de la intelectualidad mexicana de entonces. La revista se hizo, y cuando habíamos publicado ya unos catorce o quince números, tuvimos un conflicto con Jiménez Siles, con el director, porque algunos de los que estaban en el Consejo de Administración, sobre todo el novelista autor de El águila y la serpiente, Martín Luis Guzmán, que era un escritor muy brillante, pero como persona un tipo de cuidado, se las arregló para crear un conflicto que finalmente nos llevó a la ruptura, cuando se nos quiso imponer una serie de normas y comisiones para poder seguir llevando adelante la revista. Bueno, esa fue nuestra experiencia en Romance. Previamente, había yo participado con unas colaboraciones en la revista España peregrina, publicada por una institución que se creó a poco de llegar nosotros, la Junta de Cultura Española, que presidía Bergamín, y a la que pertenecían todos los intelectuales más destacados. Estaba Xirau, estaba Imaz, estaba Larrea, Gaos estaba también. Yo participé en España peregrina, publiqué un poema que había estado elaborando casi desde la llegada, y una serie de notas de libros, que están recogidas en la revista.
Esto era en el año 39 y el 40. Andaba yo viviendo como podía, haciendo algunas traducciones, alguna colaboración, hasta que me surgió una posibilidad, que se la debo a una crítica de arte y política muy conocida en los años de la República, Margarita Nelken. Ella me consiguió una plaza de profesor en la Escuela Normal de Morelia, comisionado por la Secretaría de Educación Pública. Y, aprovechando este nombramiento, también la Universidad Michoacana me ofreció la posibilidad de dar clases en el llamado Colegio de San Nicolás, que era entonces la Escuela Preparatoria de esa Universidad. Tenía una tradición histórica, porque había sido Rector el Padre Hidalgo en la Independencia, y había desempeñado un papel importante en una época en las luchas de los liberales. Se caracterizaba además por tendencias muy izquierdistas. Bueno, pues yo llegué a la Universidad de Morelia, a la escuela Normal, para dar clases de Filosofía. Mi formación filosófica era muy incipiente. Hasta entonces yo casi estaba más inclinado por la Literatura que por la Filosofía. Pero claro, tomé aquello con seriedad y con responsabilidad, y pasaba horas y horas preparando la clase, leyendo y releyendo. Me acuerdo que a mi pobre esposa le explicaba mis clases. Y decía: “Si tú me entiendes a Kant pues seguro que lo entienden los alumnos también”.
P.- ¿Ya se habían casado para entonces?
ASV.- Si. Nos casamos al poco de llegar a Morelia. Nos hicimos novios aquí, aunque nos conocíamos desde España. Tuve buena acogida en Morelia. Hacía varios años que no se daba clase de Filosofía en el Colegio de San Nicolás, por falta de profesor. Eran clases multitudinarias, de cien a ciento veinte alumnos o cosa así. Yo no había dado clase jamás, y para mi era una experiencia terrible. Además el alumnado, por un lado tenía unas tendencias políticas muy activas, muy izquierdistas, y por otro lado tenía fama de ser muy levantisco. Yo realmente lo pude sobrellevar, pero había un profesor de Filosofía español que se llamaba Marcelino Méndez, luego le perdí la pista completamente, que era un hombre preparado, mejor preparado que yo, porque ya había hecho la carrera de Filosofía en España, y sin embargo no resistió a los alumnos. En cambio yo lo logré, a base de firmeza, y al mismo tiempo con flexibilidad. Era un alumnado difícil. Recuerdo que a ellos les gustaba poner a los profesores en unas situaciones un poco difíciles. Una vez me encontré en el tablero de anuncios de la escuela un anónimo donde me atacaban bastante burdamente. Entonces yo, escribí al lado: “Al autor de este anónimo le espero mañana aquí, a las cinco en punto de la tarde, a ver si tiene el valor de decirme directamente lo que me está diciendo aquí”. Yo fui, claro, pero él no se presentó. Pero corrió la noticia, y eso me dio prestigio y autoridad. Otro día los alumnos: “Profesor, estamos enamorados de su corbata, ¡qué corbata tiene usted! ¿Por qué no la rifa?”. Bueno, pues a rifar la corbata entre los alumnos.
Morelia era una ciudad muy pequeña entonces. Tenía apenas sesenta mil habitantes. Era una ciudad donde la universidad tenía fama de levantisca y de izquierdista, pero la ciudad era completamente mocha y reaccionaria. Y las relaciones entre la universidad y la ciudad eran siempre muy conflictivas. Por eso, nos fuimos a la calle. Recuerdo que en la Semana Santa los alumnos hicieron una contra-procesión, completamente blasfema; cosas de ese tipo, sobre todo contra la iglesia. Pero nosotros vivíamos a gusto. Aunque la ciudad era pequeña, había en la propia universidad un grupo de estudiantes muy inquieto y un grupo de intelectuales, que hacían su revista, daban sus conferencias, sus recitales. Es decir tenía una buena relación con ellos allí. Publiqué mi libro de poesía con su ayuda, que lo promovieron, pusieron el dinero y demás. De manera que yo estaba bien, estaba contento. Hasta que estalló un conflicto que me obligó a tener que dejar Morelia.
Había salido ya Cárdenas y se había producido en México ese viraje a la derecha que representó Avila Camacho. Un poco en contra de las tradiciones había sido nombrado un Rector, en cierto modo estimulado por el secretario de Educación, que era avilista. Y se planteó un conflicto entre el Rector y el Gobernador, que era cardenista. Y el gobernador no sabiendo cómo quitarse de en medio al Rector hizo una ley jurídicamente estúpida, que tenía carácter retroactivo, para sacarse de encima al Rector. En un conflicto así la Universidad se solidarizó con el Rector, y prácticamente, como el gobernador era cardenista, pues yo, en principio estuve con él.
Total. Estuve cerca de tres años en Morelia, pero me vine a la ciudad de México prácticamente sin nada. Empecé a hacer traducciones, a hacer lo que podía, incluso para sobrevivir. Incluso novelé guiones cinematográficos. Recuerdo que proyectaban la famosa película Gilda, de Rita Haywort. Me daban el guión en inglés, me proyectaban la película antes y me daba dos meses de plazo para escribir la novela; era el plazo necesario para que la novela pudiera imprimirse y estar a tiempo para distribuirse cuando llegara la película. La cantidad de cosas que tuve que hacer, traducciones de diferente tipo, sobre todo de cosas literarias, o biográficas; entonces hice la traducción de “El retrato de Dorian Grey”, de Oscar Wilde, “La vida de Mahoma”, de Washington Irving, el norteamericano. Tuve que defenderme como pude. Y por entonces me surgió también la posibilidad de dirigir una casa, una especie de residencia o refugio para los que se conocen como “los niños de Morelia”, los niños aquellos que llegaron a México durante la guerra. Me dieron la dirección de una de las casas, en las que había veinte o treinta alumnos. Pero estos muchachos no conocían a sus padres, habían salido con cuatro, seis u ocho años de sus casas, y por razones muy explicables eran terriblemente rebeldes, terriblemente levantiscos. No había quien pudiera con ellos, y mi esposa y yo, que éramos muy jóvenes entonces, no teníamos experiencia y sufrimos horrores con aquello. Hasta que yo dije: “Ahí os quedais porque no hay quien os aguante”. Yo había podido ya resolver, mas o menos mi problema económico. Un año más o menos estuve con ellos.
Entonces la única posibilidad era sobrevivir de las traducciones, porque las clases eran muy limitadas. Durante el tiempo que estuve en esa residencia aproveché para regularizar mis estudios en la facultad de Filosofía y Letras. Pude reanudar la carrera simplemente porque conservaba el carnet de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid y una constancia de las materias en las que estaba matriculado. Con eso me hizo Gaos, que había sido el último Rector de la Universidad de Madrid, un certificado diciendo que el hecho de poseer esto significaba, desde luego que tenía el bachillerato, porque por lo menos, había cursado estas materias que se cursan después de ese nivel. Y con eso me permitieron ingresar, aunque, claro, no me podía graduar hasta que me llegara la documentación de España.
P.- ¿Nunca le llegó?
ASV.- Si. Cuando ya habían pasado ocho o nueve años, cuando ya iba a recibirme. Para el examen tuve que presentar todos esos documentos, y por fin me admitieron. Así hice mis estudios de Letras completos. Había algunos buenos profesores en la carrera de Letras: había un profesor mejicano, don Julio Jiménez Rueda, profesor de Literatura. Y estaba también un profesor español, pero que no estaba como exiliado sino que había venido antes, huyendo de la guerra, discípulo de Menéndez Pidal, que se llamaba Amancio Bolaño Islas y daba Gramática Histórica y Fonología. Bueno, pues hice mis estudios completos, incluso comencé a preparar mi tesis sobre “El sentido del tiempo en la poesía de Antonio Machado”, y llegué incluso a publicar un artículo que está recogido en mi Bibliografía, sobre “El sentido del tiempo en la poesía española”. Pero no llegué a recibirme en aquellos años, pues la necesidad de subsistir era apremiante. Yo ya había dejado la casa de estos niños de Morelia, tenía que traducir día y noche y las condiciones de supervivencia eran muy difíciles. Por otro lado, nosotros teníamos una actividad política muy intensa entonces. Yo era miembro del Partido y, además, el responsable de los intelectuales, que era un núcleo importante; teníamos mucho trabajo en el seno de la emigración intelectual. Entre las exigencias de esta intensa actividad política y las tareas de subsistir, dejé los estudios de la Facultad. Esto debió ser los años 44 o 45, y no volví a la Facultad, ya para hacer estudios de Filosofía, hasta los años 48 o 49.
P.- ¿Qué fue lo que le decidió a ese cambio?
ASV.- Hay una explicación de tipo intelectual o teórica, y otra pragmática. La intelectual o teórica es que yo estaba ya muy metido en la vida política, me consideraba marxista, y se me planteaba la necesidad de esclarecer en un plano teórico, la teoría del marxismo. Además, yo traía de mis años de Morelia, casi tres años en los que había sido profesor de Filosofía. Y claro, la experiencia docente me obligó a tomar en serio un trabajo de preparación, que permitió que yo acumulara un capital filosófico que no era despreciable. Esa necesidad, por un lado, de la práctica política que exigía una serie de esclarecimientos de tipo teórico, que el marxismo de entonces era un marxismo estrecho, cerrado, dogmático y que realmente ofrecía muy poca perspectiva para un desarrollo práctico y personal. También era importante para mí lo que ya en cierto modo había acumulado: ya tenía una formación filosófica que no era despreciable y que había que aprovechar. Y por otro lado, aunque conservaba mi vocación literaria, y había escrito algo y me habían publicado unos sonetos en la revista de Octavio Paz en aquellos años. Pero desde un punto de vista práctico o pragmático, para ser profesor de Literatura en México no había perspectiva porque cualquiera se consideraba con posibilidades de hablar de Literatura. En cambio en Filosofía, las posibilidades eran mayores, porque el campo era más restringido por las exigencias mismas del saber filosófico en este terreno. Eso hizo en cierto modo que yo decidiera inclinarme por la Filosofía, desde un punto de vista profesional. Además, cuando volví a la Facultad, me aceptaron como optativas aprovechables una serie de materias que yo había cursado en Letras y, por tanto, descargaron mis obligaciones.
Tuve como profesores allí a Xirau padre, con el que hice un curso de Filosofía Contemporánea. Recuerdo que uno de los cursos que dió fue sobre Heidegger, y ése fue uno de mis primeros contactos con ese autor; no el primero, que lo tuve en Morelia, donde hice amistad con García Bacca, que había sido invitado como profesor visitante y estuvo allí como un par de meses. Aunque él estaba casado, había ido solo y estaba yo todo el día con él. Por la noche nos reuníamos, paseábamos, y recuerdo que él había hecho, para su propio consumo, una traducción de Ser y Tiempo que no se ha publicado. La que se publicó fue la de Gaos. Pues me reunía con él, leíamos, y comentábamos textos de Heidegger. Por eso fue que después tomé este curso con Xirau, y conservaba unas notas muy amplias que se las regalé a Xirau hijo.
Tuve también como profesor a Gaos, por supuesto. Estuve en su famoso seminario, que se ha vuelto casi mítico, sobre la Lógica de Hegel, que duró cuatro años. De ese seminario recuerdo a Fernando Salmerón y a Alejandro Rossi. Nos examinamos con el estilo concienzudo de Gaos, página por página. Cada quien se encargaba de exponer una categoría de la Lógica de Hegel, y después se intercambiaba. Recuerdo que a mi me tocó la categoría de medida, de la Lógica. Gaos era un excelente profesor, con su estilo muy personal, muy sincero. Había veces que decía él: “Toda la noche he estado trabajando con esta categoría y casi no he entendido nada. A ver si entre todos logramos establecerla”. Exageraba, claro. Descubrimos también un truco para leer la Lógica. Hegel, después de su exposición tan abstrusa, siempre termina con un apartado que llama “Observaciones”. Todo lo denso, oscuro, terrible y pedregoso que es la parte anterior del capítulo, se hace muy clara y accesible en las “Observaciones”. Entonces descubrimos el truco y empezábamos primero por leer y discutir las “Observaciones”.
Yo con Gaos tenía buena relación en lo personal. Ya le había conocido en España porque, como te conté, presidía ese famoso examen de ingreso, que era una masacre terrible. El era muy serio, muy responsable. Más tarde me quise recibir con una tesis de Estética, “Conciencia y realidad de la obra de arte”, en la que examinaba las tesis fundamentales de la Estética desde el punto de vista marxista. Yo creía que era una cosa muy abierta y muy crítica del marxismo oficial en el campo de la Estética de entonces, y, claro, después he visto que no, pero intentaba ahí una cierta apertura en la que yo me movía todavía dentro del marco teórico general; esto era ya en el año 55 o cosa así. Me pareció entonces que era obligado, aunque fuera un campo que obviamente él no había trabajado, pero me pareció que le interesaría especialmente a Gaos, y le pedí que formara parte del jurado. El se excusó; pero dijo que quería conocer la tesis e incluso me hizo una serie de observaciones muy meticulosas, como él hacía, por escrito, que en cierto modo yo tomé en cuenta y discutí con él, pero fuera del examen.
En el jurado estaba Samuel Ramos, que era entonces la autoridad académica más alta en cuestiones de Estética. Estaban también Leopoldo Zea, Wenceslao Roces, Eli de Gortari y el profesor michoacano, Juan Hernández Luna. Por cierto, en el examen, el profesor Hernández Luna, bueb colega y amigo mío, me espetó: ” Y usted ¿cómo se explica y se atreve a presentar una tesis marxista, en una universidad burguesa como es ésta?”. Y le contesté:”Bueno, no se trata de algo exclusivo de esta universidad, y es que el marxismo tiene hoy una fuerza que la Academia no puede ignorar; pero no se trata de discutir mi atrevimiento; lo que hay que discutir es si la tesis es buena o mala”.
Después del examen se me abrieron las puertas para entrar en la Facultad como profesor de asignatura, que económicamente no era nada, pero era importante para estar dentro de ella. Y como tenía que aceptar lo que me ofrecieran, el primer curso que dí en la Facultad, fue sobre Filosofía de la Educación.
En verdad yo había entrado en el departamento de Filosofía, antes del examen de grado, en el año 52, como profesor ayudante de la clase de Lógica de Elí de Gortari. Ese fue mi primer puesto docente en la UNAM. En la clase del doctor De Gortari, tuve también mi primera experiencia docente en la Facultad, pues con motivo de un viaje suyo de dos o tres meses por Europa, me encargué del curso. Como yo tenía ya cierto conocimiento del ruso, estaba al tanto de lo que se estaba publicando en la Unión Soviética; por la “Revista de Filosofía” pude seguir de cerca una gran discusión sobre la relación entre la Lógica formal y la Lógica Dialéctica. Con base en ella preparé un curso monográfico, dentro del curso de de Gortari, que duró unos tres meses, sobre las Relaciones entre Lógica formal y Lógica dialéctica. Esa fue mi primera experiencia docente. Casi simultáneamente a esto, di también y clases de Filosofía en el Colegio Israelita, gracias al generoso ofrecimiento de De Gortari; y también, un curso de Teoría del Conocimiento en la Escuela Normal Superior.
Después de graduarme tuve oportunidad de entrar en la Facultad, como ya dije. Su Director era entonces el Licenciado Salvador Azuela, y su Secretario, Hernández Luna, que me había hecho aquella inesperada pregunta en el examen de grado y con el que, como era michoacano, por mi estancia en Morelia, mantenía buena relación. Di mi primer curso sobre Filosofía de la Educación, que no era una materia que me interesara especialmente, aunque ya tenía formación pedagógica por haber cursado en España la carrera de Magisterio. Más tarde tuve posibilidad de dar otros cursos, entre ellos uno monográfico, que a mi me interesó mucho, sobre las relaciones entre alma y cuerpo, de acuerdo con la terminología teilhardiana, entre psique y materia, desde Platón hasta nuestros días. Me sirvió de mucho porque al final del curso le dediqué una parte a una problemática que entonces era muy novedosa, y que yo creo que fuí el primero en abordarla en la universidad, por lo menos a nivel filosófico, que era la respuesta que daba la cibernética, la inteligencia artificial. Leí entonces, en los años cincuenta, a Winner y al gran científico mejicano Rosenblueth, que había trabajado con él. Duró casi dos meses, y causó cierta impresión en los medios de la Facultad por la novedad. Y después, di diferentes cursos. Durante los primeros años, los cursos fueron de Historia de la Filosofía Contemporánea, algo de Marxismo, pero no de Estética. Porque la cátedra de Estética estaba monopolizada por Samuel Ramos, y mientras él vivió no hubo manera de que se creara un grupo de Estética. Cuando él murió, al final de 59 o 60, me dieron a mí la cátedra de Estética.
P.- ¿Por qué no podía hacer otro grupo? ¿Era porque su concepto de la Estética era diferente del suyo?
ASV.- No. Porque no admitía que otro lo diera. En cuanto él murió, me dieron a mí la Cátedra y el Seminario de Estética y desde entonces ocuparon mi actividad durante casi todo el tiempo. Pero además de los cursos de Estética y el seminario, daba siempre un curso de marxismo. Por entonces el marxismo, en la Facultad, prácticamente no existía.
P.- ¿No daba también marxismo Elí de Gortari?
ASV. .- Elí de Gortari tenía a su cargo la Lógica dialéctica con un enfoque más ortodoxo y cientifista que el que a mí empezaba a interesarme. Me atraían más que sus planteamientos ontológicos las discusiones de lo que se ha llamado después el marxismo occidental, con el que entré en relación en cuanto pude. En la facultad yo dí esta serie de materias durante todos los años cincuentas. Al mismo tiempo compartía la clases con una infinidad de trabajos para poder subsistir. Eran, sobre todo, traducciones, traducciones y más traducciones. Yo traducía en función de la necesidad, de manera que me encerraba y me pasaba horas y horas traduciendo.
P.- ¿Tampoco se pagaba la colaboración en las revistas?
ASV.- Se pagaba muy poco, pero además publicar un ensayo exigía -y exige-un proceso de elaboración, de lectura, que no era fácil que se recompensara económicamente. Traducía, sobre todo, del ruso, que se pagaba un poco mejor, pues para las traducciones del francés y del inglés, sobraban los traductores -sobre todo los malos -y,claro, se pagaban mal. Traduje bastantes libros de ciencias sociales y filosofía – ortodoxos, por supuesto – del ruso, hasta que pude decir adiós al agotador trabajo de traducción, al ser nombrado profesor de carrera, de tiempo completo. Aunque eso no representó para mí una mejoría económica notable, sí me liberó completamente del tiempo que yo dedicaba a otras actividades y me permitió concentrarme en la docencia y la investigación. No es casual que sea a partir de entonces cuando empiezo a publicar un libro tras otro. Hasta entonces había sido imposible hacerlo. Cuando volví a la Facultad,en 1950, ya andaba yo cerca de los cuarenta años y no había publicado nada. Mi primer libro es de 1965, cuando voy a cumplir cincuenta años y desde entonces mi obra ha sido muy fecunda (unos veinte libros). Hay dos razones que explican esa fecundidad tardía. Por un lado, las condiciones materiales de mi existencia la hacían imposible. ¿Cómo podía investigar y escribir un libro traduciendo seis horas diarias, complementadas con otras tantas de militancia política, y de trabajos aquí y allá? Cada día traducía en la casa o daba clases fuera de ella hasta las siete o las ocho de la noche, y a esa hora me iba a una reunión política o al partido., y regresaba a mi domicilio a la una o las dos de la madrugada. Prácticamente no había para mí ninguna posibilidad, no ya de investigar o publicar, ni siquiera para leer lo que no fuera de urgencia inmediata. Esta es una de las dos razones para que no publicara.
Y la otra es una razón, en cierto modo digamos teórica, intelectual; o más bien, ideológica. Y esésta: durante los años cincuentas, yo estaba bastante identificado con el marxismo dominante, sobre todo con su práctica política, sin atender a los errores, falsedades y deformaciones que yo haya considerado posteriormente. Lo fundamental para mí en ese momento era la práctica política. Pero, por otro lado, el horizonte teórico ya empezaba a parecerme estrecho para poderme desenvolver. Realmente no me estimulaba a una labor de investigación propia, que además no era posible. Es decir, en aquella época, estoy hablando de los años 50, filosóficamente lo más que podía hacer un filósofo militante era tratar de aclarar, de explicar y de interpretar una cierta concepción filosófica que ya estaba establecida en los manuales y en las obras canónicas del marxismo soviétivo. No había más campo que se pudiera cultivar propiamente.
Por eso, años después, al final de los 60, charlando con Garaudy, con quien coincidí aquí en una Mesa Redonda, hablando sobre su obra y la mía,le dije: “Usted tiene sobre mí una gran ventaja, pero al mismo tiempo una gran desventaja. La primera es que es usted un autor conocido, que ha publicado 15 o 20 libros traducidos a muchos idiomas, en tanto que yo, acabo de empezar. Yo no he publicado mas que dos o tres. Sin embargo, yo tengo una gran ventaja sobre usted o usted una gran desventaja con respecto a mí, y es que yo no publiqué ningún llibro en la época estalinista”. Y es que Garaudy había publicado en esa época dos libros terriblemente dogmáticos. Uno que se llamaba la Teoría marxista del conocimiento, su tesis doctoral en París, y otro que es su tesis doctoral en Moscú, titulado La Libertad, que era un canto al marxismo-leninismo-stalinismo desde el comienzo al fin.
Esas dos circunstancias explican el no haber publicado antes de los años sesenta. De lo cual me alegro, porque de haber publicado algo tenía que estar obviamente en esa línea ideo lógica. En aquella época, a un militante del Partido, y hay que considerar que la militancia para mí era algo importantísimo, no solamente no se le permitía ninguna discrepancia con respecto a la línea política establecida, sino tampoco en terrenos que no tenían nada o poco que ver, con esa línea política. No podía publicar libremente la poesía que hacía, porque una cierta poesía un tanto subjetiva o intimista, se consideraba como un abandono o un desprecio a lo que era vital o importante: la lucha políticaSi esto ocurría con la poesía, ¿qué podía esperarse en el terreno filosófico con una interpretación de Marx que chocara con la línea oficial del dia´mat soviético?
Entonces está claro que la militancia traía problemas a un intelectual, y más aún porque en esa época yo jugaba un papel importante en la dirección del PCE aquí, en México. Yo formaba parte de la agrupación del PCE en México y además era responsable del grupo de intelectuales. Fui también delegado al V Congreso del Partido que se celebró clandestinamente en 1954, cerca de Praga. Nuestra agrupación era importante, no solamente por el número, que en un momento determinado era de cerca de 500 miembros, sino que además, cualitativamente, era gente que habían sido jefes militares en la guerra civil, que habían tenido puestos políticos representativos en municipios en la República, en fin, eran lo que llamábamos nosotros cuadros medios, con un cierto peso político y moral. Y llegó un momento en que la organización de México se enfrentó abiertamente con la Dirección
política internacional, encabezada por Pasionaria y Carrillo. La causa de ello fue el autoritarismo de su representante directo,en México. Era una especie de “Stalinito” que, guardando las distancias, se repetía en cada organización. Entonces se produjo un conflicto agudo con este responsable que estaba nombrado directamente desde arriba. La agrupación de aquí pidió su separación y fue separado provisionalmente, aunque en cierto modo la dirección seguía apoyándolo. Total, para no entrar en detalles, se creó un conflicto abierto que duró bastante tiempo, hasta el punto de que el Buró Político nos mandó llamar a París, para discutir el asunto. Fuí yo nombrado para la discusión con el Bureau político en pleno El brazo derecho de Santiago Carrillo era entonces Fernando Claudín, y él era el encargado de convencernos. Pero no había manera de entrar en razón. Yo tenía una buena relación personal con Claudín desde que le conocí, antes de la guerra, y siempre lo había estimado mucho, intelectual y políticamente. Siempre me pareció un hombre muy lúcido, inteligente, muy formado y de talante cordial, aunque en apariencia frío. Luego en la guerra, también tuvimos contacto. Volviendo al conflicto con el Buró político, después de varias sesiones sin tener acuerdo, nosotros no estamos dispuestos a ceder. Pero ante la amenaza no sólo de destituirnos como dirigentes, lo que se cumplió al cordar que se eligiera otro comité; sino, sobre todo, ante la amenaza de disolver la agrupación del PCE en México si se solidarizaba con nostros, tuvimos que llegar a una transacción. Tales eran los métodos entonces.
¿Cómo se podía estar entonces en el partido? El propio Claudín lo explicó más tarde en una intervención suya, con motivo de un homenaje que me brindó la Universidad de Cádiz, titulada “La generación del marxismo-leninismo”. Si uno estaba convencido de que la militancia era necesaria, que estaba luchando por una causa justa, para un militante comunista lo más terrible que podía ocurrirle era la separación del Partido, y sobre todo la expulsión. Yo estuve en dos ocasiones a punto de ser expulsado. Porque además, del Partido no se salía entonces como se ha salido después: con el nombre limpio. En aquella época, salir del parttido era salir en condiciones infamantes, pues no se admitía la renuncia voluntaria. Sóño se salía con los epítetos de traidor o desertor. Claro está que, ante eso, francamente, había que pennsarlo dos veces. Sin embargo, después de toda esta experiencia frustrante, de militancia muy activa, muy directa, incluso en puestos de dirección, pues yo me limité a ser militante de filas.