En esta segunda parte del estudio bibliográfico que les llevo presentando desde la semana pasada habla acerca de otra obra de Gamarra titulada Santos deseos | de | una cristiana muerte, | o | preparación para ella | en un retiro de ocho días, o en un día de cada mes.
Las páginas de este libro son un conjunto de acertadas y convincentes reflexiones, de apóstrofes, soliloquios y coloquios bellísimos, expresiones todas de acendrada caridad: veamos, por ejemplo:
«Toda la vida presente debería, pues, emplearse en desear salir de ella para ser reunidos a la Verdad esencial, y nuestra alma debería estar continuamente exclamando con San Agustín: ¡Oh eterna Verdad!, ¡Oh verdadera Caridad!, ¡Oh amada Eternidad!, ¡Oh Dios de mi corazón! Por Vos sólo debo suspirar de día y de noche. Encended en mí el deseo de veros. ¡Ah!, rómpase este velo de mi carne: disípese esta densa nube que me roba la vista de vuestra luz: perezca este cuerpo de tierra que forma un caos infinito en tre Vos y mi alma, y que la impide correr hacia Vos, unirse a Vos, perderse en Vos. ¡Oh Verdad sumamente amable! Perezca cuanto antes este mi cuerpo por medio de una muerte cristiana, y sáqueme ella de esta región de obscuridad y de tinieblas; para hacerme pasar aquella Ciudad Santa, la cual no es otra cosa que Verdad, Caridad, y cuya vida consiste en ver sin velo y al descubierto, en amar sin división y sin disgusto, y en poseer sin mutación y sin fin la Verdad misma. Vea yo aquel día único e inmutable de la eternidad feliz, donde los escogidos, sentados a la mesa de Dios comerán aquel Pan que no es otro que el mismo Dios. ¡Oh Pan vivo, eterno inalterable! ¡Bienaventurado el que suspira continuamente por Vos! ¡Oh Pan sobresubstancial! ¡Oh Verdad eterna que alimentáis el espíritu sin consumiros! ¡Y que no os mudáis en el que se alimenta de Vos, sino que le mudáis en Vos misma! ¡Verdad que sois el Verbo de Dios, Dios como El y único Hijo suyo! Tenga yo hambre de Vos; suspire únicamente por Vos…
«Jesucristo no ha muerto por necesidad sino por bondad; y solicitando con su Padre nuestro perdón y nuestra gracia, le ha ofrecido su vida para que ella sea el precio, y ha vivido en un santo deseo de dar el último complemento al sacrificio de su muerte por nosotros.
«Apliquémonos a adorarlo en estos santos deseos con que deseaba la muerte por satisfacer por nuestros delitos, y por el celo de la justicia de Dios, a que se reconocía sujeto como víctima de Dios por todos los pecados del mundo. El que hubiese podido penetrar en el santuario adorable de su Divino Corazón, para ver ahí lo que pastaba a vista de su Padre, cuando deseando lavar con su Sangre nuestros pecados sobre la cruz, exclamaba: «Yo debo ser bautizado con un bautismo, y ¡oh!, cuánta ansia tengo hasta que le vea perfeccionado»; el que, digo, hubiese visto su Corazón en aquel momento, habría en Él visto lo que cada uno de nosotros debería sentir en el suyo, y lo que por lo común no sentimos. Porque, ¿quién no tiembla al oír solo nombrar, y mucho más al acercarse la muerte? Ello es cierto, que el alma misma del Salvador quedó turbada; pero San Agustín nos enseña, que nos guardemos bien de imaginarnos, que el alma santísima del Hijo de Dios sintiese pena por salir de este mundo, o que estuviese apegada a la vida presente, o que le faltase fuerza y vigor para completar su sacrificio.
«Pues, ¿cómo, oh Señor, le mandáis a mi alma que os siga, si está conturbada la vuestra? Si la misma fortaleza parece que desmaya, ¿cómo me sostendré yo que soy la misma debilidad, la misma flaqueza? Pero ya me parece que me respondéis al fondo de mi corazón, que por esto puntualmente podré seguiros; porque Vos tomáis sobre Vos mismo mi flaqueza para vestirme de vuestra fortaleza. No os abatís hasta mis enfermedades, sino para levantarme a vuestra fuerza. Cuando me animabais a aborrecer mi vida en este mundo para conservarla en la eternidad, era la voz de vuestra fuerza la que entonces me hablaba; y cuando decís que [96] vuestra Alma está triste hasta la muerte, es la voz de mi enfermedad y de mi flaqueza la que habla en Vos. Vos os cargáis de mi tristeza, de mi timidez, y esta timidez cargada por la misma fortaleza, elevada, santificada, y por decirlo así, divinizada en vuestra Persona, viene a ser para mí una fuente de fuerza, de valor y de confianza.»