Pensamiento Filosófico en México

18 Mayo, 09

José Ignacio Bartolache

Archivado en: Ignacio Bartolache — ale3191 @ 8:55 pm
Isabel Carrasco
Isabel Carrasco

José Ignacio Bartolache y Díaz de Posada (1739-1790). Médico. Nació en Guanajuato, de familia muy humilde fue recogido por un protector anónimo que le ayudó en sus estudios hasta que perdido su favor hubo de buscar por sí mismo el medio de vida. Fue bibliotecario del seminario y más tarde entró de preceptor y profesor en la familia del catedrático de matemáticas de la universidad, Joaquín Velázquez de León. En 1764 ingresó en la Facultad de Medicina cursando sus estudios hasta 1766 en que obtuvo el grado de bachiller y en 1772 el de licenciado y doctor con una tesis sobre el primer aforismo de Hipócrates: Vita brevis, Ars longa, impresa por Felipe de Zúñiga ese mismo año. Durante sus estudios médicos sirvió como profesor de matemáticas en la universidad, por ausencia de su protector, con éxito notorio, a tal punto que cuadruplicó el número de los alumnos. Con este motivo redactó unos apuntes de sus clases que publicó más tarde con el título de Lecciones matemáticas… (México 1769). Tienen el enorme interés de que apartándose del pensamiento reinante y oficial se declaró defensor ardiente de las ideas de Descartes.

 

Recién doctorado en medicina emprendió la publicación del famoso El Mercurio Volante (México 1772), primera revista médica editada en América, donde se intenta una renovación completa de la medicina en Nueva España. Fue sin embargo una empresa ruinosa y Bartolache, no obstante haber logrado una obra valiosa, terminó embargado. Fue catedrático sustituto de prima de medicina y de matemáticas en siete ocasiones, teniendo una violenta disputa documental con el protomédico y decano de la Facultad de Medicina José Tomás García del Valle sobre la forma como esta última cátedra debía de proveerse. En 1774 tuvo la habilidad de saber preparar unas pastillas férricas capaces de ser administradas con éxito por vía oral y con ese motivo publicó dos noticias anunciando su producto y sus excelencias, una en idioma mexicano titulada: Netemachtiliztli y la otra en castellano Noticia plausible para sanos y enfermos, las dos en México, 1774. En 1779, con motivo de la terrible epidemia de viruelas que asoló el país, el Ayuntamiento encargó a Bartolache de redactar una: Instrucción que puede servir para que se cure a los enfermos de las viruelas epidémicas que ahora se padecen en México… (México 1779), obra notabilísima por el buen sentido que impera en toda ella. Fue miebro de la Real Sociedad Bascongada de los Aamigos del País. Debido a su carácter violento y polemista, Bartolache acabó alejado de la enseñanza, cubierto de deudas, y empleado como ensayador de la Casa de Moneda.

Tuve como que una decepción cuando trabajé a Bartolache debido a la poca información que había en la red. El tema si me interesó por el aspecto de la medicina.

http://www.filosofía.org/ave/001/a267.htm

http://www.filosoficas.unam.mx/~afmbib/BibVirtual/Autores/Bartolache.html

 

1 Febrero, 09

El Mercurio Volante 2° parte

Archivado en: Ignacio Bartolache — chabelaloca @ 10:09 pm

 La tercera,

aquello que se ha querido llamar curso de artes, en que se ha consumido

una buena parte del papel que traen las flotas, ya todos van (aunque

demasiado tarde) conociendo lo que es y cuán bueno para olvidarse de

ello adrede, en saliendo de sus aulas. La cuarta, y como fundamental de

las precedentes, es que cuando se eclipsaron las ciencias en aquellos

siete u ocho siglos consecutivos de barbarie universal, les estuvo

mucho peor esta fatal contingencia a la filosofía y a la medicina, que

a las demás. Porque mientras las otras yacían abandonadas al olvido o

estaban reducidas al claustro entre algunos pocos monjes; los moros se

ocupaban en echar a perder éstas por todos los medios posibles. La

resurrección de los buenos estudios allá en Europa fue posterior, o al

menos coincidente, con la última reforma de nuestros estatutos

escolares, hecha en México en 1645; de suerte que no pudo incluirse en

ella nada favorable ni ventajoso a la física útil y su dependiente la

medicina. Omito otras razones, por la necesidad de reducir mi papel;

pero juzgo haber demostrado al ojo lo que en primer lugar me propuse.

Me dispensarán mis connacionales de tomarme igual trabajo en lo de las

bellas letras, constando bien que nunca se han enseñado públicamente.

Lo cual por otra parte muestra mayor capacidad, genio y aplicación de

los que sin embargo sobresalieron en este género. Así es; pero debo

advertir, por ejemplo, que a tomar las cosas en rigor y como suele

decirse al pie de la letra, quizá no querrán que se llame poeta sino al

autor de un poema excelente. Si ello debe ser sin rebaja, confesaremos

que en todas partes fue siempre muy rara esta ave. Por lo que toca a

otras artes, quien citare algunos ejemplos confirmará lo mismo que yo

he dicho; y convendremos en que hay en las Américas, tanto o más que en

otra parte ingenios felices, admirables, hombres verdaderamente nacidos

para formarse su método en particular y aprender por sí mismos cosas

muy buenas. ¿Quién lo ha negado? Pero sobre capítulo de instrucción y

cultura sería una vanidad muy mal fundada el no ceder, con respeto y

admiración, a la Europa. Soy tan fino apasionado y tan celoso de la

gloria de mi nación como el que más; no puedo sin embargo disimular, ni

hacer traición a la verdad. Vamos al intento.

Sabemos que nuestra corte ha comenzado a dar un ejemplo (digno

ciertamente de darse durante el gobierno del sabio monarca que la

preside) reformando los estudios, según las ideas que hoy se tienen

para la mayor utilidad y bien del estado. Y aunque debemos esperar para

nosotros igual beneficio, los que tenemos la felicidad de ser vasallos

del mismo rey; como quiera que ello es obra de mucha deliberación, de

suma prudencia y del tiempo: acaso no se verificará tan presto como

quisiéramos en las Indias. Comencemos pues a comunicar al público en

nuestro español vulgar algunas noticias curiosas e importantes y sean

sobre varios asuntos de física y medicina, dos ciencias, de cuya

utilidad nadie dudó jamás. Tal es el plan que me he propuesto y espero

desempeñar mi palabra no muy desairadamente, teniendo de antemano

adquiridos algunos conocimientos en estas materias y bastante

aplicación a mis libros, que son muy selectos y propios para mi

instrucción. Más será bien especificar y declarar las cosas, comenzando

desde el título.

Mercurio, según la fábula, era el mensajero de los dioses, en cuyo

 

obsequio volaba con suma celeridad hacia cualquier parte que se le

 

enviase. Las ciencias todas y los conocimientos útiles al género humano

se creía por los filósofos más sensatos tener como la misma alma

racional, un origen celeste y divino. Siempre fueron estimadas las

artes como otros tantos preciados dones de la providencia, concedidos

por particular gracia en beneficio de los mortales; y ninguna noticia

importante vino al mundo, según este modo de pensar, justo y razonable,

de otra parte que de los altos cielos o de hombres dignos de colocarse

allá. Así pues, por una especie de alegoría nada reprensible, he

querido llamar Mercurio Volante a un pliego suelto, que llevará

noticias a todas partes, como un mensajero que anda a la ligera. Saldrá

todos los miércoles, día en que parten de la capital todos los correos

del reino.Siempre cuidaré de poner al frente algún pasaje de buen autor, alusivo

al asunto, y traducido en caso necesario. Digo en caso necesario,

porque no omitiré los autores españoles, cuando se me ocurran. En otros

papeles periódicos que he visto se guarda supersticiosamente el respeto

a los latinos y griegos. No hay para qué; yo me gloriaré de haber

nacido español y de que mis nacionales luzcan su trabajo y sean

celebrados.

No saldré un punto de lo que anuncia el título de mi Mercurio; sino es

cuando me honrase algún literato comunicándome cosa digna de publicarse

en otro género de ciencias o artes útiles: en la inteligencia de que,

viniendo de afuera, se ponga todo franco de portes. Conozco mi

limitación, que no me permite proponer un plan más vasto. Traten otros

la historia, la geografía, las matemáticas, la poesía, &c., o si

pueden la enciclopedia: tanto mejor para el público.

Últimamente ninguno espere nada de política, ni de lo que tocare,

aunque fuese de un modo muy indirecto, al gobierno. No me he propuesto

una gaceta; ni Mercurio supo de oficio otra cosa que decir y hacer lo

que sus superiores le mandaban: en lo demás procedía de su cuenta y

riesgo aquel astuto mensajero, y el mío ya cuidará de andar muy

prudente y avisado.

Aquí era el lugar de desafiar y admitir desafíos, anticipar injurias y

maldiciones a mis impugnadores, figurándome centenares de ellos con

bayoneta calada; pedir auxilio a mis lectores imparciales; apelar a la

equidad del público y todo aquello que se hace en los prólogos de

ciertos autores espirituados que se forjan dentro de su cabeza mil

terrores pánicos antes de menear el tintero. Yo no he de tener tales

impugnadores ni contrarios; y me hago una cuenta bien diferente. Quien

destruyere con buenas razones lo que yo hubiere asentado por cierto, no

puede menos de ser mi amigo, pues me ayuda a servir al común sacándome

de mi error; mi enemigo sería quien tirase a precipitarme en alguno. Y

si sus argumentos no valieren nada, entonces alabando su intención, no

creeré quedar impugnado; lo que se le dará a entender, salva toda la

pragmática de cortesías y ceremonias literarias. En éstas y en otras

siempre hay algo de efectivo, se escribe y se lee de molde y se sacuden

las telarañas a las cajas de imprenta.

El siguiente Mercurio llevará por asunto: «Verdadera idea de la buena física, y de su grande utilidad.»

En México, con las licencias necesarias, y privilegio concedido al

autor por este superior gobierno, en la casa de D. Felipe Zúñiga y

Ontiveros, calle de la Palma.

Se vende en el Cajoncillo de Libros frente del Portal nuevo de

Mercaderes, a medio real cada pliego. El número 2º saldrá el miércoles

28 del corriente.

 

 

25 Enero, 09

El Mercurio VOlante

Archivado en: Ignacio Bartolache — chabelaloca @ 6:14 pm

Bartolache es recordado conocido por las dieciséis publicaciones de un periódico al que nombró “el Mercurio Volante”, con noticias acerca de física y medicina. El primer número salió a la vente el 17 de octubre de 1772. Esta publicación salía cada semana mas o menos. En el número 16, que correspondía al día 10 de febrero de 1773, se hizo saber la suspensión temporal del periódico, debido a dificultades en la imprenta. Nunca se resolvieron aquellas dificultades y ese fue el último número.

 

 

José Ignacio Bartolache

 

Plan de este papel periódico

 

Parva mora est, alas pedibus virgamque potenti

Somniferam sumpsisse manu, tegumenque capillis

Haec ubi disposuit, patria love natus ab arce,

Desilit in terras.

Ovid., Metamorph. I, v. 671-&c.

 

«Se apresta luego y calza de sus alas

El pie ligero; cubre la cabeza,

Y empuñando la vara encantadora,

Desciende en un momento hasta la tierra

El rubio hijo de Júpiter y Maia.»

 

Nuestra América Septentrional, esta gran parte del mundo, tan

considerable por sus riquezas; si no lo ha sido igualmente por la

florescencia de las letras, esto es, de los estudios y ciencias útiles,

cultivadas por sus habitantes, es porque no podía en sólo dos siglos y

medio hacer tamaños progresos. El oro y la plata de nuestras minas, la

fertilidad de la tierra, la clemencia del cielo indiano, y el benigno

temperamento de estos climas, eran ya unas cosas hechas, cuando

aconteció la gloriosa conquista de este medio globo, pero no era así de

las ciencias y artes, que sólo podían suceder a la barbarie e

ignorancia de los indios después de un largo tiempo. España debió

cuidar ante todas las cosas de introducir en los países conquistados su

idioma, sus leyes y su política; reservándose proveer sobre lo de

literatura para mejor ocasión confesaremos entretanto, que las luces

del siglo presente y el buen gusto, han hecho entonces acá estupendos

progresos. No obstante se fundó y erigió aquí en 1553 una universidad

para nuestra enseñanza y cultivo, dotada por la liberalidad y

magnificencia de nuestro católico rey el señor emperador Carlos V: se

formaron sus estatutos en un plan semejante al de las otras

universidades célebres de España y estos mismos se reformaron después,

y aun se modifican o alteran por el legislador, cada y cuando se conoce

no ser adaptables al tiempo, y a otras circunstancias.

Nuestras escuelas públicas o estudios generales establecidos por el

monarca, y frecuentados por la juventud de América, especialmente

después de la erección de algunos colegios que hasta hoy existen, han

producido una infinidad de hombres de mérito, muy hábiles en lo que

llaman facultades mayores, teología y jurisprudencia, tanto canónica

como civil; no tanto número en medicina y filosofía, aunque los ha

habido eminentes; mucho menos en bellas letras, tomadas en toda su

extensión; nada o muy poco en artes liberales. La razón de estas

diferencias se toma del mismo plan de los estatutos y de la historia de

las ciencias y sus revoluciones. Son puntos de mero hecho, que no

admiten contestación. Dígolo, porque no toquen alarma contra mí algunos

patriotas americanos imaginándose agraviados, por cuanto no pretendo

que nos tengan por consumados en todo género de ciencias. Es menester

hablar de buena fe, mostrando una imparcialidad digna de cualquier

escritor juicioso. De otra manera nos haremos sospechosos, para que

este nos crea en asuntos de nuestro verdadero elogio y honor.

Primeramente contémonos con que se diga la verdad que somos sumamente

hábiles, ingeniosos, y de bellas potencias, y que aprendemos con

facilidad todo cuanto se nos enseña. Lo demás es querer persuadir que

nacemos enseñados, como no se nace en ningún país del mundo.

Fuera de esto, que nadie niega, se nos permitirá recordar que ha habido

en todos tiempos y aún hay en el día indianos en una y otra América,

hombres de una instrucción y literatura muy particular. Hablo de los

que son de línea y bien conocidos: y no hay duda que infinitos otros,

capaces de girar en mayor órbita de la que tuvieron, reposaban

tranquilamente a la sombra de sus gabinetes, o cuando más, se

distinguieron a una media luz, cortejados de cuatro amigos, que no

podían, por más que lo quisiesen, servir de grande apoyo, ni prestarles

una alta protección.

La dificultad de imprimir barato y la misteriosa ceremonia de que todo

lo de las ciencias haya de salir en latín, nos ha privado de muchas y

muy bellas producciones, que acaso se destinaron por necesidad al

azafrán o a los cohetes. Entretanto, las Américas, que deben todas sus

luces a nuestra España y a la Europa culta, nunca dejaron de mostrar

que fue maravillosamente fructuoso y útil el trabajo de sus

conquistadores. Cuando se contaren veinte o más siglos de conquista, ya

se podrá hacer una justa comparación de los dos orbes en asunto de

letras; por ahora no es poco el haber hecho acá cualquier progreso: y

no podemos dejar de agradecer que nos celebran con altísimos elogios

por los que efectivamente se hicieron y han parecido más que medianos.

Pero volviendo a la causa de no haberse formado en esta América

respectivamente (pues yo no hablo de otra manera) tantos diferentes

médicos y filósofos, como teólogos y juristas: es la primera, porque

los escritos de Aristóteles, Galeno y Avicena que deben, según los

estatutos de la Real Universidad, servir de texto para las lecciones

escolares, no lograron la fortuna de ser tan largamente explicados,

comentados y disputados por autores europeos, como los sentenciarios

del obispo de París, y las Instituciones del emperador Justiniano, ni

eran tampoco para tanto. El Hipócrates, siendo bonísimo en sí, ofrece

grandes, tal vez insuperables dificultades para el discernimiento de

sus obras genuinas y espurias. La segunda no hay colegios donde se

estudie medicina y se ejerciten con laudable emulación los estudiantes,

como lo hacen los de teología y derecho por la mayor parte.

18 Enero, 09

Introducción a Ignacio Bartolache

Archivado en: Ignacio Bartolache — chabelaloca @ 2:28 pm

 

«José Ignacio Bartolache y Díaz de Posada (1739-1790). Médico. Nació en Guanajuato, de familia muy humilde, fue recogido por un protector anónimo que le ayudó en sus estudios. Fue bibliotecario del seminario y más tarde entró de preceptor y profesor en la familia del catedrático de matemáticas de la universidad, Joaquín Velázquez de León. En 1764 ingresó en la Facultad de Medicina cursando sus estudios hasta 1766 en que obtuvo el grado de bachiller y en 1772 el de licenciado y doctor con una tesis sobre el primer aforismo de Hipócrates: Vita brevis, Ars longa, impresa por Felipe de Zúñiga ese mismo año. Durante sus estudios médicos sirvió como profesor de matemáticas en la universidad, con éxito notorio, a tal punto que cuadruplicó el número de los alumnos. Con este motivo redactó unos apuntes de sus clases que publicó más tarde con el título de Lecciones matemáticas… (México 1769). Tienen el enorme interés de que apartándose del pensamiento reinante y oficial se declaró defensor ardiente de las ideas de Descartes. Recién doctorado en medicina emprendió la publicación del famoso El Mercurio Volante (México 1772), primera revista médica editada en América, donde se intenta una renovación completa de la medicina en Nueva España. Fue sin embargo una empresa ruinosa y Bartolache, no obstante haber logrado una obra valiosa, terminó embargado. Fue catedrático sustituto de prima de medicina y de matemáticas en siete ocasiones, teniendo una violenta disputa documental con el protomédico y decano de la Facultad de Medicina José Tomás García del Valle sobre la forma como esta última cátedra debía de proveerse. En 1774 tuvo la habilidad de saber preparar unas pastillas férricas capaces de ser administradas con éxito por vía oral y con ese motivo publicó dos noticias anunciando su producto y sus excelencias, una en idioma mexicano titulada: Netemachtiliztli y la otra en castellano Noticia plausible para sanos y enfermos, las dos en México, 1774. En 1779, con motivo de la terrible epidemia de viruela que asoló el país, el Ayuntamiento encargó a Bartolache de redactar una: Instrucción que puede servir para que se cure a los enfermos de la viruela epidémica que ahora se padecen en México… (México 1779), obra notabilísima por el buen sentido que impera en toda ella. Fue miebro de la Real Sociedad Bascongada de los Aamigos del País. Debido a su carácter violento y polemista, Bartolache acabó alejado de la enseñanza, cubierto de deudas, y empleado como ensayador de la Casa de Moneda.»

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