En la naturaleza no hay realmente sino individuos,
y los géneros, órdenes
y clases solamente existen en nuestra imaginación.
Buffon, Historia natural.
Entró al jardín por la puerta de la rue Cuvier y se encaminó lentamente al laberinto que dos siglos antes había diseñado Buffon. Subió con algún esfuerzo la colina; arriba, desde el quiosco, contempló con tristeza los árboles sin hojas del Jardín des Plantes; al volver la cabeza para recibir de frente el viento, vio por el rabillo del ojo la mezquita y creyó oír el canto del muecín. Hacía mucho frío esa mañana de febrero; había caminado por los bulevares desde el cementerio de Montparnasse hasta allí, y sólo se había detenido un poco para observar con curiosidad la Salpêtière, como tratando de oír los ecos de las lecciones de Charcot.
Bajó la colina en dirección al acuario; compró su billete de entrada y escuchó distraídamente el saludo del viejo guardián que ya se había habituado a sus frecuentes visitas.
–Bonjour, monsieur Cortázar– cantó el anciano.
Fue directamente a visitar a los axolotes. Uno de ellos, con la cabeza apoyada en el cristal lo miraba fijamente con sus ojos dorados. Julio lo reconoció de inmediato: sin duda era Alfonso Reyes. En efecto, el axolote le dijo parafraseando a un escritor español:
–¡Y decidí convertirme en axolote, porque axolote se escribe con x!–
En ese momento Cortázar se percató de que el animal tenía marcada una x marcada en su amplia frente. Pensó que era un ser consciente, esclavo de su cuerpo y de su clase, infinitamente condenado a un silencio abisal, a una reflexión desesperada.
–Mi cráneo – susurró el axolote – es el cráneo del indio; pero su contenido de sustancia gris es europeo. Soy la contradicción en los términos…
Es el famoso anfibio del mestizaje, pensó Julio Cortázar.
– Eso es, el anfibio del mestizaje le dijo Reyes –.
Menos mal si esto fuera agradable y permitiera gozar de dos ambientes. Desgraciadamente no es así, sino aquello del fabulista: «Ni nadas como el bagre, ni corres como el gamo» porque se engaña con la apariencia de una facilidad general y no se da cumplimiento en nada.
El rostro de Alfonso Reyes era inexpresivo, sin otro rasgo que los ojos, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente, carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por la mirada de Cortázar que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Súbitamente se produjo la transposición y Julio quedó enterrado vivo en la soledad del axolote.
–El tiempo se siente menos si nos estamos quietos – le dijo Cortázar al inmenso rostro barbado de conquistador que lo miraba desde fuera del agua.
El alma de los axolotes, meditó Reyes mientras se alejaba del acuario, tiene esa discreción mesurada que, en la poesía han llamado el «tono crepuscular».
–Pues bien – pensó en voz alta Alfonso Reyes, mientras enfilaba sus pasos con prisa por el bulevar de l’Hôpital –: esta reserva, este freno, esta desconfianza, esta necesidad constante de la duda y la comprobación, hacen de los axolotes algo como unos discípulos espontáneos del Discurso del método, unos cartesianos nativos.
Siguió caminando por St. Marcel y subió por el bulevar Port-Royal. Quería llegar a tiempo al cementerio de Montparnasse: esa mañana gris de 1984 enterraban allí a Julio Cortázar, que había muerto la víspera. Se acordó, al llegar a las puertas del cementerio, que el axolote había murmurado algo como despedida:
–En esta soledad final, a la que no volverás, me consuela pensar que acaso alguien va a escribir sobre nosotros los axolotes.
R. Bartra; La jaula de la melancolía; De bols!llo; México, 2005.